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La paradoja de Afganistán

La participación de contingentes militares españoles en misiones exteriores ha ido progresivamente en aumento, normalmente bajo la cobertura informativa de operaciones de ayuda humanitaria, sin aparentar ningún interés estratégico a nivel nacional o internacional que justifiquen los gastos y los riesgos que se asumen en este tipo de misiones. Desde estas perspectivas se analizan las aparentes, y no tan aparentes, contradicciones de nuestra intervención militar en Afganistán.

La percepción de la amenaza

La expansión y la amenaza del Califato mundial es un problema difícil y complejo, y en consecuencia tiene soluciones difíciles y complejas. Pero, solamente puede haber una actitud y es hacerle frente, para lo que hay que diseñar una estrategia.

Las amenazas hay que considerarlas de forma global, porque todas nuestras amenazas están interrelacionadas entre sí, es de reglamento que los enemigos traten de aprovecharse de todas nuestras vulnerabilidades, y de aliarse con el resto de las amenazas, aunque sea temporalmente.

Lo más importante para la defenderse no es estar amenazado sino percibirlo, pero para que la sociedad nacional perciba la amenaza se encuentra con las serias dificultades de vencer las corrientes catalíticas de opinión, favorecidas por la posición oficial de España.

Las corrientes catalítica de opinión, que actualmente están en plena actividad en casi todos los medios sociales de comunicación, es un sistema no inocente de información pública en los que se elaboran una serie de conceptos y argumentos, se simplifican y se someten a una corriente continua informativa en una sola dirección, y todo lo que no vaya en esa línea argumental o se le oponga, es desechada e impugnada inmediatamente por todos los medios con argumentos contrarios, descalificaciones, e incluso ridiculizaciones, sin importar las contradicciones de sus argumentos, ni las evidencias, ni el grado de veracidad. Ocurre en todos los aspectos de la vida: ecología, política, economía, y también en la defensa, que es lo que ahora nos interesa.

El pacifismo radical, que cada vez ha impregnado más la sociedad, dificulta la percepción de la amenaza; como si negando las dolencias (las amenazas) y detestando a los cirujanos (el empleo quirúrgico de la fuerza) dejaran los riesgos de existir. Pacifismo acomodaticio que se ha ido introduciendo en la población y que le impide la reacción ante cualquier agresión. Pacifismo que inoculado en ocasiones entre los propios militares les priva de su verdadero carácter, convirtiéndolos simplemente en funcionarios uniformados, de los que se puede citar el clásico ejemplo del Sr. Salamanca y Negrete, diputado y ¡general!, que dijo en el Congreso de los Diputados con ocasión de la discusión del Reglamento de 1882: ¿A qué empezar un Reglamento de Guerra en un país en que no hay guerra ni posibilidad de tenerla? Cuando acabábamos de salir de la Tercera Guerra Carlista, y al poco comenzamos con Cuba, Filipinas, Marruecos, etc.

¿De verdad creen ustedes que España es una nación vulnerable que se encuentra amenazada? Porque España oficialmente no reconoce tener enemigos. El Plan Estratégico Conjunto del año 1995, en este contexto, copió la expresión acuñada por la Alianza Atlántica en 1991 de la inexistencia de enemigos, porque la OTAN se había quedado sin ellos a causa de la caída del muro de Berlín y la disolución del Pacto de Varsovia. De esta forma, tan agradable a los oídos de la opinión pública y muy bien recibida por la corriente catalítica de opinión, España pasó a no reconocer oficialmente ninguna amenaza y a ningún enemigo. La doctrina oficial es que la amenaza es imprevisible, para así poder al menor justificar los gastos en Defensa y el mantenimiento de unas Fuerzas Armadas. Pero la amenaza no es imprevisible ni inesperada, al menos a nivel estratégico, porque una cosa es imprevisible o que no se puede prever, y otra muy diferente imprevisto o no previsto, que proviene de imprevisión o falta de previsión, inadvertencia, irreflexión (DRAE). España puede no reconocer oficialmente tener enemigos, pero hay quien reconoce públicamente tener a España por enemiga. Es evidente que, entre otras amenazas, el Califato pregona la destrucción de Occidente y la conquista de al-Andalus, es una amenaza real, estratégicamente previsible, y no lejana en el tiempo ni en el espacio. El separatismo no solamente es una amenaza en sí, contra la unidad e integridad territorial sino que debilita la conciencia de la defensa nacional y estimula las agresiones foráneas, al advertir debilidades internas.

El tratado de Lisboa, pendiente de aprobación, reconoce en su preámbulo que la definición de una política de defensa común se hará de forma progresiva, pero que se respetará (art. 4) la identidad nacional de cada estado miembro, cuya seguridad nacional seguirá siendo responsabilidad exclusiva de los citados estados miembros, y el resto de los estados solamente se comprometen a la asistencia mutua. ¿Puede España garantizar por sí sola su seguridad y defensa? Nadie nos ayudará sino nos ayudamos nosotros primeros.

La globalización, que todo lo relativiza, y sobre todo la tendencia europea moderna a cuestionar el concepto de nación, ha hecho que las naciones renuncien a tener el monopolio de la fuerza, lo que ha impulsado la difusión de la violencia política, los movimientos centrífugos violentos y las organizaciones terroristas, favorecidos por la merma proporcional de la superioridad de las naciones en el uso de la fuerza. La pérdida de las capacidades de empleo de la fuerza y de la decisión de su empleo en las naciones europeas, no ha sido ni está siendo compensada por la Unión Europea (ni lo estará a medio plazo), produciéndose un peligroso vacío del poder militar. Las nuevas organizaciones no nacionales que emplean la violencia para conseguir sus objetivos políticos han demostrado una relación de coste eficiencia muy superiores a las burocratizadas administraciones de seguridad y defensa europeas y nacionales. Por otro lado han proliferado, y por las mismas razones, las agencias privadas de seguridad, con problemas éticos y de legitimidad cuando se las emplean en operaciones militares.
La sociedad debe estar dispuesta a defender su libertad en el amplio sentido de la palabra. Porque los buenos valores, por muy buenos y bien intencionados que sean, no son eficaces sin armas que los respalden, pero tantos años demonizando el patriotismo español y el espíritu militar ha pasado inexorablemente factura. Se requiere urgentemente un rearme moral nacional.

Se ha puesto de moda considerar el terrorismo como una amenaza (ahora todas las amenazas son terroristas), porque una vez más hemos copiado por mimetismo el léxico estadounidense, pero cuando los EEUU preconizan la lucha contra el terrorismo, es para desprestigiar a sus adversarios, y lo hace contra organizaciones internacionales y estados terroristas para poder atacarlos (Afganistán o Irak) o amenazarlos militarmente (Irán, Siria y Corea del Norte). El terrorismo no es una amenaza militar. En realidad, el terrorismo como su propio nombre indica es más una amenaza psicológica que material. Los efectos, aunque espectaculares y de gran difusión mediática, son totalmente asumibles por una nación y muchas veces inferiores a los daños causados por accidentes de tráfico, laborales o catástrofes naturales. Asumibles desde el punto de vista material, pero están dirigidos a la psicología adormecida y acomodaticia de la retaguardia, verdadero centro de gravedad de las sociedades occidentales. Pero nuestro problema de terrorismo es de tipo delincuente, y por tanto es un problema eminentemente policial. Confundir ambos conceptos en España es dar a los terroristas nacionales, de facto y ante la opinión pública nacional e internacional, el carácter de beligerantes, y además (quizás no de forma inocente) descafeína el protagonismo de las fuerzas armadas en su protagonismo en la defensa militar.

La amenaza califal

El restablecimiento del Califato Mundial, la unificación de los territorios islámicos regido por la ley sharia, es coreado por millones de manifestantes y de manifestaciones desde el Magreb a la India. La restauración de Califato Mundial supone la vuelta al pasado como referente la ciudad de Medina, en tiempos del profeta Mahoma, considerado glorioso y de esplendor en contraposición con la decadencia causada por el abandono de la doctrina primigenia y el seguidismo de las modas occidentales. Como medida transitoria, debido a la dificultad de conseguir el objetivo a medio plazo, el movimiento aspira a la creación provisional de estados musulmanes dentro de los estados en los que ya están presentes

El Califato Mundial pretende los siguientes objetivos:
- Expansión territorial: Ocupación y anexión de territorios. Por ejemplo el Al-Andalus.
- Imposición de su religión, sistema jurídico y formas de vida en los territorios bajo su dominio, o el éxodo. Por ejemplo, prohibir el culto de otras religiones, el empleo del burka, la imposición de la sharia etc.
- Imposición de la lengua árabe. Lengua sagrada en la que está escrita el Corán.

La amenaza no es religiosa sino política, del tipo imperialista, que emplea la religión como pretexto y como instrumento, transformando los conflicto políticos en guerra de religión. Consecuentemente es un grave error designar a esta amenaza como Islamismo, aunque sea con el calificativo de radical, porque además de no ser justo es contraproducente. Emplear los vocablos islamismo radical o integrismo islámico para designar esta amenaza, ofende gratuitamente la sensibilidad de todos los musulmanes y contrapone el Islam contra otras religiones, que son unos de los objetivos pretendidos por los líderes de esta amenaza, buscando el efecto de acción reacción

Lo mismo ocurre con el empleo de los vocablos Yihad, muyahidín, porque Yihad significa Guerra Santa, y muyahidín guerrero santo, o el que combate en una guerra santa y justa, y que por tanto lucha en el camino justo de Dios. Calificar a nuestros enemigos de muyahidines es dar, a ellos y a sus acciones, legitimidad ante los ojos de todos los musulmanes, independientemente del país donde vivan. Es un ejemplo más del empleo de palabras extranjeras, y en esta caso árabes, por los medios de comunicación, que para aparentar conocimiento profundo del asunto usan vocablos sin traducir y sin comprender su verdadero significado, pero que muchas veces están dando un significado diferente o completamente contrario a la realidad, especialmente para las poblaciones árabes en cuyos senos se incuban y desarrollan los movimientos insurgentes y de apoyo al Califato.

El tablero de ajedrez oriental

La sociedad española, alegre y confiada, no ha valorado suficientemente el nivel de riesgos con los que se está enfrentado y seguirá enfrentándose con mayor intensidad en el futuro.

No hay duda que actualmente Oriente es un gran tablero de ajedrez donde se está jugando una gran partida estratégica de largo alcance, donde Occidente está empeñado en la lucha contra el Califato mundial, preservando su libertad y la de otras muchas naciones incapaces de hacerlo por sí mismas.

Cuando los EEUU intervinieron en Vietnam el objetivo estratégico era que Vietnam del Sur no cayera en poder de los comunistas. El resultado de su derrota fue que Vietnam del Sur, Laos y Camboya cayeron bajo el dominio comunista. Los comentarios sobran, porque los paralelismos son claros.

Puede pasar que la intervención Occidental en Afganistán e Irak, si no se juega bien estas partidas estratégicas, traigan como consecuencia la expansión de la inestabilidad o del imperialismo califal a Pakistán y Líbano, como las siguientes piezas que caigan por el efecto dominó. Es posible que las guerras de Afganistán y de Irak no se puedan ganar en las condiciones actuales, porque no se está cumplimentando uno de los principios fundamentales del arte de la guerra, que es la voluntad de vencer. La voluntad de vencer supone, entre otras cosas, poner en juego los medios necesarios para la obtención de la victoria: recursos financieros, recursos humanos y fatalmente vidas. Las civilizaciones orientales tienen un fino sentido para percibir la debilidad de los occidentales para asumir sacrificios.

La muerte de un soldado en operaciones militares entra dentro de la grandeza del oficio. Ningún código de conducta moral, ideario, ordenanzas o normas incitan a matar, todo lo contrario, lo que idealizan es el riesgo de morir, bien en acción de combate o por las penalidades de toda campaña (enfermedades, fatigas, sed, frío, accidentes de todo tipo, etc.). La muerte para un soldado es la última y sublime acción para el cumplimiento de su deber, para cumplimentar con honor su juramento. Es indiferente que la acción sea en una gran batalla, acto heroico o simplemente en una oscura labor de patrullaje, hostigamiento o escaramuza. Por estas razones la muerte de un soldado siempre merece reconocimiento y respeto, y aquel que considere que no merece la pena su sacrificio, es que no ha llegado a comprender el alma de un soldado, y en el caso de Afganistán es que no cree lo que en aquellas lejanas tierras se está defendiendo nuestra futura libertad y la de nuestros aliados.

Por otro lado, las aportaciones de las naciones aliadas aunque sea cicatera, salvo algunas excepciones, son en su mayoría de religión cristiana, aumentando de forma geométrica el rechazo de la población autóctona, conforme pasa el tiempo. Posiblemente la permanencia, en Irak y Afganistán, en las condiciones actuales sea una ratonera, pero la retirada sería perniciosa, como lo fue en Vietnam. Pero, si se abandonara estos teatros de operaciones el triunfo (militar, político y moral) sería enorme para el Califato y otras fuerzas hostiles, por haber liberado estos territorios de la organización militar más poderosa de la Tierra, y un irresistible estímulo para intensificar y expandir la lucha. Los insurgentes no se irían a casa para saborear pacíficamente su victoria, serían inmediatamente enviados a liberar otra nación, con su experiencia de combate, adoctrinamiento y contactos: vean el mapa y jueguen a estrategas, pero seguro que será un lugar mucho más próximo y peligroso. La subversión aumentaría considerablemente, en países de mayoría musulmana y en los occidentales, con la formación de nuevas y activas células subversivas.

El actual conflicto de Afganistán tiene muchos paralelismo con las campañas de pacificación de nuestro antiguo Protectorado de Marruecos:

- La intervención fue y es para pacificar un territorio con insurgentes rebeldes o que no reconocen al poder central.
- Las fuerzas militares de intervención fueron y son occidentales, con fuerzas indígenas como auxiliares.
- Las fuerzas insurgentes estuvieron y están motivadas por una mezcla de rebeldía política al poder central, xenofobia, religión, seculares rivalidades tribales, bandolerismo, etc. Muchas veces difícil de deslindar entre si.
- No hubo ni hay declaración de guerra, entre otras razones porque hay no hay contra quien declararla formalmente, pero si combates de intensidad variable a lo largo del tiempo. Los combates en Marruecos dieron lugar a la concesión de numerosas condecoraciones, incluidas laureadas y medallas militares.
- En un tipo de guerras de guerrillas, asincrónica, de desgaste y de intensidad variable en el tiempo y por comarcas. Las acciones bélicas normales son sobre la base de hostigamientos, emboscadas, reconocimientos armados, descubiertas, y raramente acciones de fuerza, porque el guerrillero las rehuye, a no ser que tenga una oportunidad favorable.
- La conducta de los jefes de las cabilas marroquíes y de los señores afganos de la guerra hay que valorarla más desde una perspectiva del feudalismo medieval europeo que por parámetros occidentales contemporáneos. Los cambios de alianza se deben más a razones de oportunidad política de cada momento, y sobre todo a razones de pura supervivencia, que a otras razones de carácter ético, político o religioso.
- La dificultad para los occidentales para comprender bien la psicología tan especial del magrebí y del afgano, individualmente, familiar, tribalmente y como nación. Las cortas permanencias sobre el terreno, de solamente unos meses, es totalmente insuficiente, cuando no contraproducente, para conocer la idiosincrasia, idioma, las complejas estructuras sociales y de poder, las costumbres de la población en general y de las peculiaridades particulares de los interlocutores directos. Sin embargo y como contrapunto, ellos nos conocen perfectamente, y saben de nuestras debilidades y vulnerabilidades. Sin embargo en Marruecos tuvimos un ejército comprometido con el territorio, no de comisión temporal de servicio, experto en la misión, terreno, enemigo y ambiente, incluido el idioma.

Las campañas de Marruecos no se acabaron, después de dos décadas de lucha y sacrificios, hasta que no se tuvo la firme voluntad de vencer. La guerra, después del desembarco de Alhucemas, duró prácticamente un año y los sacrificios, sobre todo en vidas, fueron muy inferiores a los de muchos años anteriores. La pacificación de Afganistán no se conseguirá, como no se consiguió la de Marruecos hasta que no haya voluntad de vencer, y se decida el control y la ocupación efectiva y permanente del terreno, y ganarse las voluntades de la población, verdadero objetivo de la lucha de guerrillas.

Para ganarse el corazón de los afganos se requiere necesariamente mantener un estrecho contacto con la población, aunque suponga graves riesgos a corto plazo. Lo contrario, permanecer amerlonados o atrincherados en bases aisladas como si estuvieran en la Luna, con salidas esporádicas en fuerza, pasando sin permanecer por caminos y poblaciones, observando a la gente desde encima de nuestros vehículos blindados (cada vez más blindados) es dejar el terreno, las poblaciones y a sus habitantes a disposición del adversario. La noticia aparecida en la prensa nacional que los aviones no tripulados enviados a Afganistán servirán para reducir el número de patrullas que se realizan en primavera y verano, cuando los riesgos de sufrir un ataque aumenta notablemente, no contribuye a solucionar el problema. Pero las operaciones desparecen prácticamente, por ambos bandos durante el invierno, a causas de la extremadas orografía y climatología.

Si se manda fuerzas es con todas las consecuencias, y si no es mejor quedarse en casa. La fuerza y los recursos deben tener la entidad y capacidades suficientes al objetivo marcado y asumiendo los riesgos inherentes a la operación. Es simplemente el principio del arte de la guerra de capacidad de ejecución. No empeñar fuerzas suficientes es, como en Marruecos, alargar innecesariamente el conflicto, aumentar los sacrificios y la sangría, y poner en riesgo el éxito de la operación.

El sistema de ayuda humanitaria basado en ONG,s y cooperantes, después de 40 años de experiencia, se ha mostrado ineficaz en general, cuando no contraproducente, porque fomenta la corrupción, y no sirven para formar funcionarios, jueces y policías no vinculados a la corrupción, ni para crear unas estructuras sociales, políticas y económicas saneadas. Y solamente actúan cuando existe un nivel de seguridad aceptable.

Los equipos provinciales de reconstrucción en Afganistán (PRT) tienen la función de contribuir a la estabilización del territorio, pero no se integran en la sociedad, en la que son verdaderos alienígenas en un ambiente desconocido y hostil, consiguiendo muchas veces sólo gastar dinero, siempre bien recibido por los naturales, pero sin contrapartidas formales, en lo que también tiene gran parecido con el marroquí de nuestro protectorado: obsequioso, que no se puede confundir con la amistad, con la filosofía es pedir constantemente, regatear sin tregua, y ofrecer pero sin sentirse deudor sino no es por forzosa obligación. Toda comparación voluntarista que se ha hecho de las PRT con el sistema de colonización romano es extemporánea, desproporcionada y carente de realismo.

La participación de fuerzas militares occidentales en Afganistán es una vulnerabilidad, porque es fácil fomentar contra esas fuerzas de ocupación las tendencias xenófobas y religiosas de la población afgana, que constituye el objetivo último de la operación: ganarse la voluntad y los corazones de la población, y quitarle su apoyo a los insurgentes, para el es tan necesario como el agua al pez.

Llama poderosamente la atención que para apoyar a la República Islámica de Afganistán hayan acudido solamente fuerzas militares de naciones occidentales, y no hayan ido en su apoyo fuerzas militares de otras naciones también denominadas islámicas o de mayoría de población musulmana.

Es conocido que el imperialismo califal o el Califato Mundial nos amenaza directamente, según sus líderes manifiestan públicamente, con la anexión de territorios por fases:

1ª Fase. Liberar los territorios islámicos actualmente ocupados por los EEUU y sus aliados (entre los que estamos los españoles). Incluye atacar a todo enemigo que ataque a los musulmanes en cualquier lugar: Afganistán, Irak, Palestina, Israel, Líbano, Bosnia, Somalia, India, Filipinas, Chechenia, etc.

2ª Fase. Liberar los estados árabes considerados sumisos a las potencias occidentales (Arabia Saudí, Marruecos y Argelia, entre otros) cambiando sus actuales y corruptos gobiernos por teocracias islámicas.

3ª Fase. Reconquistar todos los territorios que han estado en algún momento bajo soberanía de los musulmanes: Balcanes, islas de Grecia e Italia, y al-Andalus (España y Portugal) y como no Ceuta, Melilla e islas adyacentes. ¿Qué tendrán Ceuta y Melilla para ser tan apetitosas? La amenaza sobre Ceuta y Melilla, e islas adyacentes, entra en redundancia con las pretensiones de Marruecos, y con las de los independentistas propios, porque una vez que el tapiz nacional se empiece a deshacer por un fleco, es más fácil continuar destejiendo, y todo lo que debilite a España como nación favorece a las fuerzas centrífugas.

Llama más la atención, por las razones anteriores y porque si bien la amenaza del Califato Mundial y sus organizaciones afines de carácter violento amenazan directamente a las naciones occidentales y a sus intereses, no es menos cierto que muchas de las naciones denominadas islámicas o de población de mayoría musulmana están también amenazadas, son más vulnerables (algunas ya con serios problemas subversivos internos), están más expuestas y en caso de que triunfaran estos movimientos revolucionarios sus regímenes y clases dirigentes serían exterminados, por corruptos o laicos, como hay antecedentes históricos muy próximos. Se pueden poner como ejemplos de naciones en riesgo a Egipto, Arabia Saudí, Túnez, Argelia, Marruecos, Jordania, etc.

Es evidente que la postura de las naciones de mayoría de población musulmana es oportunista con respecto a Irak y Afganistán. Esperan que el vilipendiado Occidente, con su esfuerzo y sangre, les saque las castañas del fuego, mientras ellas mantienen una postura ambigua, sentadas impávidas sobre sus escudos delante de las puertas de sus jaimas. Temen seguramente que una participación más activa sea mal vista por su población moderada, y aumente la inestabilidad interna provocada por los elementos más radicales; pero también es cierto que si Occidente se retirara de esos territorios las primeras fichas que caerían por el efecto dominó serían precisamente las suyas.

Es cierto que estas naciones autodenominadas musulmanas no tienen capacidades militares para liderar una operación de la envergadura y complejidad de Afganistán o Irak. Pero si pueden colaborar más activamente con la OTAN, desplegando sobre el terreno en contacto directo con la población, para ganarse sus corazones y voluntades, mientras que la OTAN puede proporcionar las capacidades de mando, control, comunicaciones, inteligencia no humana, y sus capacidades de combate para asegurar la estabilización, pera que desde una segunda línea más discreta produzca menos rechazo entre la población. De esta forma la población percibiría mayor dinamismo y decisión en las operaciones, evitando la impresión que el mayor esfuerzo de las unidades desplegadas sobre el terreno está en la autodefensa, permaneciendo el mayor tiempo encerradas en sus bases.

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